Hoy en día, por el ritmo acelerado de vida que llevamos, es común escuchar decir a las personas que están “estresadas”. El estrés viene a ser una respuesta adaptativa del organismo frente a cambios ambientales (internos o externos), por lo tanto, no es algo “negativo” en sí, por el contrario, facilita una buena disposición de recursos para enfrentarse a situaciones excepcionales.

El estrés favorece una adecuada percepción de la situación y sus demandas, permitiendo que el organismo tenga un procesamiento más rápido y efectivo, posibilitando una mejor búsqueda de soluciones y selección de conductas adecuadas para hacer frente a las demandas de la situación.  En efecto, en condiciones apropiadas, el estrés es muy útil, porque nos prepara de manera instantánea para responder oportunamente frente al peligro: por ejemplo, cuando estamos en medio de un incendio, o cuando somos atacados por una fiera o un vehículo que está a punto de atropellarnos.

En estas circunstancias, el cerebro envía señales químicas que activan la secreción de sustancias como la adrenalina, produciendo una reacción en cadena: el corazón late más rápido y la presión arterial sube, la sangre es desviada de los intestinos a los músculos para huir del peligro; y el nivel de insulina aumenta para permitir que el cuerpo metabolice más energía. Asimismo, la mente aumenta el estado de alerta y los sentidos se agudizan. Estas reacciones que nos permiten evitar el peligro, a corto plazo no son dañinas, pero si la situación persiste, la fatiga resultante será nociva para la salud del individuo, convirtiéndose en un estrés nocivo.

Cualquier suceso que genere una respuesta emocional puede causar estrés. Esto incluye situaciones positivas y negativas: el nacimiento de un hijo, el matrimonio, la pérdida de un ser querido, carga laboral, pérdida del empleo, relaciones interpersonales deficientes, problemas económicos, etc.  Además, los estímulos estresantes varían de una persona a otra. Lo que para una persona puede ser sumamente estresante, para otra puede ser insignificante, esto depende del tipo de percepción y afrontamiento de cada persona.

El estrés nocivo no solo produce malestar a nivel psicológico (ansiedad, irritabilidad, temor, fluctuaciones en el estado de ánimo, excesiva autocrítica, dificultad para concentrarse y tomar decisiones, olvidos, etc.) sino también a nivel físico, aunque a éste no lo observamos inmediatamente, debido a que su efecto es lento y progresivo, sintiendo fatiga general, cefaleas, alteraciones en el sueño, problemas gástricos, músculos contraídos, respiración agitada, palpitaciones,  etc.

Frente al estrés nocivo, debemos de ocuparnos en lugar de preocuparnos, analizar serenamente el problema e imaginar lo peor que pudiera pasar, esto permitirá tener un mejor panorama para resolver los problemas.


Cómo prevenir el estrés nocivo

•Habitúese a dormir entre siete u ocho horas.
•Lleve una alimentación saludable, que contenga frutas y verduras.
•Reduzca el consumo de sal, café, tabaco y alcohol.
•Practique deportes o realice caminatas.
•Cuente con una válvula de escape como desarrollar pasatiempos.
•Aprenda técnicas de relajación y/o meditación.
•Focalice sus objetivos personales a corto y mediano plazo.
•Respete sus motivaciones, haga lo que realmente le gusta.
•No pierda de vista su autoestima.
•En sus relaciones interpersonales sea asertivo, aprenda a recibir críticas y a criticar a los demás, pida ayuda, aprenda a decir NO.

 

Lic. Ángela Trigoso Delgado
Psicóloga